Terapia de Regulación Emocional Conciente
Hoy vamos a abordar el fenómeno de las adicciones en todas sus variantes: tanto aquellas vinculadas al consumo de sustancias como las de carácter actitudinal o conductual. En esta oportunidad, nos detendremos en una situación recurrente que aparece con frecuencia en los relatos de quienes atraviesan procesos de consumo o recaída.
Operador Terapéutico Alejandro García Ruiz
Existe una frase cotidiana, aparentemente simple, que suele funcionar como explicación, justificación o coartada frente al acto de consumir. Esa frase es: “Lo que pasa es…”.
Detenerse en esa expresión no es un detalle menor. Porque, en realidad, el problema no radica exclusivamente en “lo que pasa”.
A todas las personas nos suceden situaciones difíciles, frustraciones, pérdidas, conflictos o momentos de tensión. La diferencia fundamental aparece en qué hacemos con aquello que nos pasa.
En el caso de una persona con conductas adictivas, el riesgo consiste en responder siempre del mismo modo frente al malestar, recurriendo nuevamente al consumo o a la conducta compulsiva. Y cuando ante cada dificultad se activa idéntica respuesta, el resultado inevitablemente también termina siendo el mismo.
De esa manera comienza a consolidarse el círculo vicioso de la adicción: un mecanismo que no permanece estático, sino que crece, se intensifica y se vuelve progresivamente más complejo. Lo que inicialmente parece una salida momentánea termina convirtiéndose en una estructura de encierro.
La imagen del laberinto resulta especialmente significativa. Porque la adicción no solo atrapa a quien la padece; también compromete a su entorno afectivo, familiar y social. Y cuanto más se profundiza esa dinámica repetitiva, más difícil parece encontrar una salida posible.
Por lo tanto, hoy vamos a poner el foco en lo que denominamos TÉCNICAS DE REGULACIÓN EMOCIONAL CONCIENTE.
Sin embargo, antes de avanzar sobre estas herramientas, es importante aclarar una cuestión fundamental: las emociones existen siempre. Forman parte de toda experiencia humana, en cualquier persona y en cualquier circunstancia.
Aquí conviene establecer una diferencia importante entre emoción y sentimiento. La emoción surge de manera inmediata. Aparece como respuesta frente a un estímulo interno o externo. El sentimiento, en cambio, se elabora; se construye y desarrolla con el tiempo a partir de experiencias, vínculos e interpretaciones.
Un ejemplo sencillo puede ayudar a comprender esta diferencia. Una persona puede amar profundamente a un hijo, a una madre, a una pareja, a un amigo. Ese amor no aparece de manera instantánea: es una construcción afectiva sostenida en el tiempo. Sin embargo, en determinado momento puede surgir un enojo repentino hacia esa misma persona. Ese enojo constituye una emoción: una reacción inmediata frente a una situación concreta.
Comprender esto resulta esencial porque muchas veces se pretende “eliminar” la emoción, como si sentir tristeza, rabia, ansiedad o miedo fuera en sí mismo un problema. Pero las emociones no se anulan ni se combaten. Lo que sí puede aprenderse es a regularlas.
Y precisamente allí radica el objetivo de estas técnicas: trabajar sobre cómo regular nuestras respuestas emocionales. Porque cuando logramos comprender el cómo, comienza también a aparecer con mayor claridad el para qué.
Por supuesto, cuando hablamos de regulación emocional conciente, el énfasis está puesto precisamente en esa palabra: conciencia. Es decir, en la capacidad de tomar conciencia de lo que nos está ocurriendo, especialmente en el instante mismo en que la emoción aparece.
La emoción llega, se hace presente, se instala. Pero existe una diferencia fundamental entre sentir una emoción y quedar atrapados en ella. Y ese es el punto central: podemos evitar que esa emoción “se adhiera” a nosotros, que permanezca, se consolide y termine gobernando nuestras acciones.
Si aprendemos a estar atentos a nosotros mismos, a registrar nuestras reacciones internas, entonces podemos comenzar un verdadero proceso de regulación. Porque la emoción no solo se experimenta mentalmente; también genera respuestas físicas y psicológicas concretas. Produce sensaciones corporales, altera la respiración, modifica el ritmo cardíaco, tensiona músculos, acelera pensamientos. En otras palabras: el cuerpo y la mente hablan cuando una emoción intensa aparece.
Y es precisamente en ese momento —en ese instante inicial— donde resulta fundamental activar mecanismos que impidan que esa emoción derive en conductas negativas o destructivas. Sobre todo cuando reconocemos que determinada emoción puede llevarnos al desborde y a repetir actitudes nocivas hacia nosotros mismos y hacia quienes nos rodean.
En el contexto de las adicciones, esto adquiere una importancia decisiva. Porque muchas veces el impulso hacia la sustancia o hacia la conducta adictiva aparece como una respuesta automática frente al malestar emocional. Por eso, interrumpir ese automatismo, aunque sea durante unos minutos, puede representar una diferencia enorme.
Una herramienta sencilla y accesible consiste en detenerse físicamente. Sentarse o, preferentemente, acostarse. Comenzar a notar el cuerpo. Pensar el cuerpo. Percibirse en ese momento, en ese espacio y en ese instante concreto. Aflojar tensiones de manera consciente y permitir que el cuerpo entre gradualmente en un estado de relajación.
La respiración cumple aquí un papel fundamental. Por ejemplo: cerrar los ojos, percibir el contacto del cuerpo con la cama o con el lugar donde uno está apoyado, inhalar profundamente por la nariz y exhalar lentamente por la boca.
Repetir este proceso durante algunos minutos, observando cómo el cuerpo comienza a relajarse progresivamente es primordial.
Luego puede incorporarse una respiración más regulada: inhalar profundamente contando una determinada cantidad de segundos; sostener el aire aproximadamente el doble del tiempo de la inhalación; y finalmente exhalar de manera lenta y prolongada, intentando que la exhalación sea incluso más extensa que el tiempo de retención.
La repetición de este ejercicio, durante al menos dos o tres minutos, produce cambios concretos en el organismo. La química corporal asociada al estado de tensión comienza a modificarse y aparece gradualmente una sensación de calma y regulación.
Pero además ocurre algo muy importante: durante esos minutos la persona logró no actuar impulsivamente. Interrumpió la reacción automática. Y esa pausa puede evitar la repetición de conductas dañinas que, en el caso de las adicciones, suelen traducirse en volver a recurrir a la sustancia o a la conducta compulsiva.
Bien, por ahora vamos a detenernos aquí. Lo desarrollado hasta este punto constituye apenas un ejemplo introductorio de las técnicas de regulación emocional consciente. La intención principal ha sido mostrar que estas herramientas no pertenecen a un ámbito inaccesible ni requieren condiciones extraordinarias para ser aplicadas. Por el contrario, se trata de recursos simples, concretos y al alcance de cualquier persona.
Su importancia radica en que permiten refrenar el impulso inmediato y recuperar gradualmente una posición de autocontrol. Es decir, generan un espacio interno entre la emoción y la acción. Y muchas veces, precisamente en ese pequeño intervalo, puede comenzar un cambio significativo.
En futuros materiales iremos incorporando otras técnicas y profundizando en distintos aspectos biológicos, psicológicos, químicos y neurológicos vinculados a estos procesos. Porque resulta importante comprender que todo lo que estamos planteando posee una base científica concreta y un sustento real que explica por qué estas prácticas pueden producir resultados positivos de manera relativamente sencilla.
Sin embargo, hay un elemento central que debe mantenerse siempre presente: ninguna técnica sustituye la decisión consciente de la persona. La regulación emocional constituye una herramienta, pero su efectividad depende profundamente de la voluntad real, objetiva y sostenida de modificar aquellas conductas asociadas a la dinámica adictiva.
Por eso, el trabajo terapéutico y personal no se limita únicamente a “dejar” una sustancia o una conducta, sino también a construir nuevas formas de responder frente al malestar, la frustración, la ansiedad y el conflicto.
Esto es todo por ahora.
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